No sé si toda escritura tiene un destinatario, al menos imaginado. Me encantaría decir que he tenido la autosuficiencia de hacer al supuesto lector de mis diarios un doblez de mi yo, una Elisa que fuera otra y que se sostuviera con la primera en un digno solipsismo a dos voces. Pero no.
Ni siquiera he conseguido que sea un ente del todo ficticio, un personaje con el cual dialogar y al cual llamar Sábado, por ejemplo. De niña siempre intenté tener un amigo imaginario y me lo construía azul -un gato azul me parecía el más imaginario de los seres- un poco más alto que yo, un dandy callejero, por lo demás, dueño absoluto de los paisajes de luna y botes de basura. Pero nunca pude ponerle un nombre. Todos me parecían ridículos e impostores y, con la ausencia de una palabra que lo interpelara, mis diálogos con el gato azul se invalidaban y él se me escapaba ágil y mudo, amigo imaginario sin domesticar.
Sin embargo, más o menos por la edad en la que los niños alcanzan la capacidad de abstracción, me brotó en la voz un "tú" que se hizo dueño de aquella escritura que me crecía más pegada a esa otra fuente de donde yo misma, torpe realidad preadolescente, emergía. Me gustaría a toda costa ocultar, porque me siento asediada por los límites de la cursilería, la identidad -si así puede llamársele a un rostro múltiple- tras el pronombre. Pero, ¿qué puede hacer alguien a quien amar y escribir se le dieron no contemporáneamente, pero sí quizás en el mismo orden que el misterio insondable del huevo y la gallina?
Mi primer "tú" fue un niño como delineado con tinta negra sobre la palidez. Zurdo, por demás señas. Y por este túnel de mi tiempo, ese rostro ha sido otros, ha transcurrido cambiado, a veces múltiple o difuso, pero no ha dejado de ser eso: la famosa mitad perdida, los ojos de esa totalidad del universo que no soy y que me observa, lo que eternamente se me escapa y amo.
Y no es justo. Y ya me cansé. Tengo casi treinta años y ya no quiero ir persiguiendo con las letras a un pronombre ingrato. Quiero para mis golpes de tecla la autonomía de un lector cualquiera, de un lector humildemente destinado, de un lector anónimo. Y para esto es este blog, para abrir la escritura más pegada a mí misma a la mirada de otros,liberarla del condicionante de la eternidad y del deseo que le impone tu mirada que no la ve, para inventarme en tu lejanía, para ya no venir siendo al escribirte.
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pero Elisa... no seas ingenua. cuando "tú" tenga nombre, vas a salir a buscar una calle donde perderlo de vista y que puedas cerrar los ojos, en medio de la lluvia y Tú vuelva a ser una figura abstracta; una no figura...
ResponderEliminary puedas volver a decir "basta de ti"
sobretodo, vas a querer volver a decir: basta de mí
ps: me costó trabajo volver a encontrarte...
Elisa... matar al interlocutor es dejar de amar. Para mí, desde que existió un interlocutor siempre ha sido el mismo (escribiera o no, estuviera o no), el único escriba donde escriba ¿no es eso un verdadero hallazgo? ¿No era que escribir es amar? Puede que la mejor forma de matarlo fuera tenerlo delante, tratar de hablarle de frente... decirle algo sencillo y que de pronto no lo entendiera, acaso dejar de citarle en todas partes y que no lo supiera, acaso dejar de escribirle, entiendo, y que no le importara. Una de las pocas certezas que he tenido es saber cómo se llama mi interlocutor, aunque solo sea eso, su nombre, propio... el fin de la deixis.
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